Gracias Krahe

“Es un asunto muy delicado”. Como bien dice Forges: Krahe nos dice hasta luego. Nunca hubiera dicho a-Diós. Quizás quiso ahorrarse vivir otro 18 de julio y quizás  no sea casualidad, ni causalidad, que yo esté en México el día de su muerte. A cualquiera de nosotros (léase en minúsculas) nos podría haber agarrado acá, aunque por desgracia en España sigan siendo minoría. “Qué miedo tu”.

No hay mucho que añadir ni que parafrasear. Sólo me queda por hacer un guiño a mi abuelo y remontarme a los romanos con aquello de “Que la tierra te sea leve”.

“Interrumpo mi canción y coloco aquí un mensaje”: Gracias Krahe.

Magnífica ilustración de Forges.

KRAHE Y LA BLASFEMIA

Por Dios (léase en minúsculas) que éste es “un asunto muy delicado”. Parece que el destino, o la iglesia, quiso que Javier Krahe acabase en su propia hoguera. “Qué miedo tú”.  De golpe, en pleno siglo XXI, se produjo “un

burdo rumor”, justo cuando en el Vaticano -vaticino- las cosas no van muy bien. Seguro que Krahe pensó aquello de “y yo en el banquillo como un gilipollas, madre” mientras comparecía como acusado. Y es que se trata de

una demanda absurda, válgame Dios, que a mi entender va en contra de la libertad de expresión y que, para más INRI, es insignificante comparado con personalidades que si deberían ir a los tribunales. “Una historia que se mofa de nosotros” promovida por “el tiránico imperio del absurdo”. “Interrumpo mi canción y coloco aquí un mensaje”: Ánimos Krahe


* Entre comillas se citan fragmentos textuales de canciones de Javier Krahe a excepción de “y yo en el banquillo como un gilipollas, madre”, una adaptación del verso “y yo con mi canción como un gilipollas, madre”.

Páginas impares

Pagina 3. Inicio. “Nunca se supo quien era”


No le llamaban Ismael aunque ése fuera su nombre. Llamadme Isma, dijo un día a sus amigos. Desde entonces Ismael y Isma fueron la misma persona, aunque uno de ellos murió para siempre. Isma, él, era un hombre de mediana edad ni corto ni perezoso, más bien simpático, sin pelos en la lengua aunque con algún que otro pelo en la barba. Siempre viajaba en tren de un sitio a otro fuera donde fuese. Se podría considerar un hombre occidentalmente educado e orientalmente ignorante, con un trabajo de camisa planchada, bolígrafo Montblanc y cartera de piel. He de confesar que al principio no me cayó muy bien, pero luego a medida que lo fui conociendo no me pareció tan mal tipo.


Pagina 25 “Entonces justo cuando el señor Dog salía por la puerta…” Sonó el móvil.


– Si?

– …

– Ah! Hola, Carmen, si, soy Isma. Qué tal? Lo tengo todo preparado.

– …

– He quedado con el cliente dentro de 20 minutos, estoy en el tren. Nos vemos ahora.

– …

– Si, de acuerdo.

– …

– Chao.



Pagina 45 “En ese momento, la señora Frog murió, de repente, como por arte de magia, y se desvaneció”.


Isma no tenia buen aspecto. Quizá le impactó la llamada de la señora Frog o quizás tenía la horrible sensación que había perdido la oportunidad de tirar su empresa adelante, después de haber presentado, en aquella reunión, su fracasado proyecto. Isma tenia la corbata holgada, la camisa arrugada y la moral por los suelos. Parecía distraído, absorto en sus pensamientos. Daba la sensación como si no supiera donde focalizar su atención. Casi ni me miraba y las dos veces que lo llamaron al móvil ni lo cogió.


Pagina 103 “…pero el viejo Pig se acercaba todas las semanas al cementerio a llevarle unos lirios blancos a la señora Frog”.


La luz era tenue cuando Isma se giró y apartó los ojos de mí para fijarse en Cécile. Isma no llevaba corbata, vestía con una camiseta negra de su equipo de béisbol favorito, unos calzoncillos verdes y unos calcetines a rayas. Cécile le quitó los calcetines pícaramente diciendo que los odiaba y le dio un único y largísimo beso. Se susurraron versos, besos y palíndromos: Neruda, un tornillo y amor. Unos ojos azules que desconocía sonrieron a Isma, mientras una suave manta de color rojo les arropaba sedosamente en la noche. Todo se movió durante unas largas horas, incluso la mesita de noche.


Pagina 157 “Cuando el viejo Pig murió, alguien le siguió llevando lirios durante todas las semanas. Nunca se supo quien era”. Final.




Isma me miró.

Me hizo un último repaso de izquierda a derecha, sonrió y se quitó las gafas.

Luego, un punto final.

Me cerró suavemente y me dejó en la estantería al lado del último libro que se había leído.


Años mas tarde, una niña de pelo castaño me cogió entre sus manos y entusiasmada empezó a leer sentada en el sofá. Nunca se supo quien era.

HISTORIAS PARA NO OLVIDAR

El otro día, no me acuerdo cuando, pensé en algo, no recuerdo qué y, finalmente, me olvidé.


Andaba por el camino de arena que llevaba a mi casa, tranquilo, en acorde con mis recuerdos y con las manos metidas en los bolsillos de mis pantalones de pana marrón cuando de pronto, oí algún ruido sordo, algo que caía detrás mío con gran estruendo. Me giré lo más rápido que puede y me estremecí al ver que allí detrás no había nada.


Sonreí al aire, saqué las manos de los bolsillos y noté como el suave aire me resbalaba por los dedos pasando a la justa velocidad como para acariciarme suavemente las yemas de los dedos, lamerme las orejas y acariciarme el pelo. Paso tras paso, pisando suave, intentando levantar el menor polvo marrón del camino para no ahogarme llegué al banco azul del mirador.

Tantas veces había estado yo allí; tantas noches había pasado con mis amigos bebiendo tequila y vino hasta ver desaparecer las estrellas. Cualesquiera que fueran las imágenes que me venían a la cabeza me producían una sensación de calidez y “buen rollo”. Noches tranquilas escuchando romper las olas del mar, allí, abajo, imaginando como la luna buceaba durante horas entre litros y litros de agua salada sin, ni siquiera, necesitar aire. Algunas otras noches rotas, de lunas llenas y menguantes, con intimidantes escenas de cama improvisadas sobre aquel banco azul en pleno invierno. Pasaron unas cuantas horas hasta que me levanté de allí y cogí mi bici (que la noche anterior había dejado allí) y volví hacia casa. Vi que las llaves estaban encima del banco, reposando tranquilas, entre madera y madera, mientras el llavero (una foto de un chico de cabellos rojizos) se intentaba escurrir por el agujero para llegar, con la ayuda de la gravedad, hasta al suelo. Y luego, nada. Por suerte fui lo bastante hábil como para coger las llaves a tiempo y evitar que cayeran al suelo. De hecho nunca caían al suelo. Siempre, las llevara dónde las llevara, las encontraba. Era como la bici. Siempre iba conmigo.


De vuelta a mi casa decidí pasar por casa de la muchacha de hojalata. Si, así la llamaban algunos del pueblo. Era una chica dulce, alta, de pelo suave. Los días pares se recogía el pelo con dos coletas. Los impares, no me acuerdo. Uno de esos días impares, no se si el once o el trece de un mes de abril me senté con ella en el banco durante una media hora que duró algo más: treinta y dos minutos exactos. a partir de aquella noche, oí su voz cada noche en mi cama, susurrándome algo al oído que yo nunca llegué a comprender. Era, decía ella, como consultar algo con la almohada, pero sabiendo que, incondicionalmente, yo le diría que si. No había nada que consultar.


Después de saludar a la muchacha de hojalata con la yema de los dedos, me deseó buenas noches. Instantes después, me metí en la cama sin apagar la luz y, abrazándome a la almohada, deseé despertarme al día siguiente, sin reparar en el ruido que oí al lado de mi cama. En ese momento recordé lo que había olvidado: no sabía dónde había dejado mi diario. cada noche me desaparecía de la mesilla.


* * *


12 de abril de 2010.


Hoy mi abuelo ha vuelto a olvidarlo. Ya se que me dijo el doctor que escribiera todo lo que mi abuelo hace o recuerda, pero todo sigue igual que ayer. Esta mañana se levantado a las siete y media, ha desayunado su taza de café (siempre con dos cucharadas de azúcar) y ha salido, a las nueve y media a pasear. Ha empezado a decir que se olvidaba algo, que no recordaba que tenia que hacer y yo, como cada mañana, le he dado el reloj. Me ha sonreído, me ha dicho “gracias” y, acariciándome mi pelo rojizo se ha dado media vuelta y ha salido a dar su paseo matutino. A medio camino se le han caído las llaves al suelo y yo, que iba detrás en mi bici, las he cogido al pasar. Se ha dado media vuelta pero parecía no reconocerme. ni siquiera parecía verme cuando le hablaba. A veces le pasa esto a mi abuelo, creo que cada vez más. Después hemos llegado al banco. es un banco verde, sucio y viejo, pero él insiste en decir que es azul. Yo no le contradigo. Hoy me ha explicado que de joven se reunía allí con sus viejos amigos (los que ya no están) a beber no se qué bebida con alcohol que toman los mayores. Parecía feliz cuando me contaba eso. Ha estado hablando durante horas y horas hasta que de pronto se ha callado y, mirando a la bici, como si no la hubiera visto nunca, se ha levantado rápido y ha decidido seguir caminando. Como cada mañana ha ido a la casa del lago, pero a él el lago no le gusta nada, por eso es como si no existiera para él. Con lo bonito que es… Se ha sentado en la escalera de madera de entrada a la vieja casa. Sentado, se mete la mano en los bolsillos y saca su radio portátil para escuchar su programa favorito. “Ay, mi queridísima muchacha de hojalata”, que haría yo sin ti”. Así mi abuelo, sonriendo y oyendo a la presentadora, ha pasado la tarde con su, como dice él, su muchacha de hojalata. Después me ha empezado a contar que una vez imaginó escenas de sexo con la chica de hojalata y otras prácticas que no quise escuchar hasta que la presentadora deseara buenas noches a los oyentes incondicionales (como mi abuelo) dando por acabado el programa.


Se levanta, cansado y se va a dormir la siesta sin comer (ya que no tenia hambre). Al entrar a su habitación, como estaba oscura, ha tropezado y ha tirado el diccionario al suelo. Mi abuelo no se ha girado. imagino que no se ha dado cuenta de ello. Se estira y antes de apagarle la luz de la mesilla, cojo el diario para escribir al doctor la mañana de hoy de mi abuelo. “He vuelto a perder mi diario. Juré que lo había dejado en la mesilla”, dice él en voz alta. “Lo tengo yo, abuelo”. Él parecía no oírme.


Apago la luz no sin antes recoger el diccionario del suelo, abierto por la página 245 por la palabra “psicopedagogía”, una palabra como otra cualquiera.

No le des a un maestro zen un pergamino.

Hace algún tiempo, no podria especificarlo con exactitud, llegué a una ciudad lo suficientemente pequeña cómo para vertir una pecera llena de agua sobre un rio y lo suficientemente grande cómo para, también, tirar la pecera. Es sabido por todos que si la ciudad no hubiera sido tan grande, la pecera de vidrio no hubiera cabido en la ciudad y, por consiguiente, se hubiese salido del borde del rio (fuera cual fuese éste). Agua, pez, pecera y rio cabian perfectamente.


Lo primero que hice al llegar a la ciudad de tamaño considerable fué comprarme el periódico. En aquel libreto tamaño Din-A 2, de color enmohecido y sin grapar residia un titular que dictaba:


“El veinte de julio de 1969, hace hoy 40 años, Neil Armstrong pisó la luna, dando pequeños pasos para el hombre”.


Al final de la noticia, la cual leí en diagonal, me percaté de la suerte que tenía ese señor por haber estado saltando en la luna. Pensé tembién en la gravedad de la situación (nunca mejor dicho) si éste no hubiera podido volver. El caso es que lo hizo y nadie lo hizo por él.


Seguí caminando sendero abajo, paralelamente a la muralla de la ciudad. Ésta a mi izquierda, envolvía suavemente la ciudad, con sus ancianas piedras y silenciando el paso del tiempo. Si esas piedras hablaran, yo podria callar para siempre, pensé. Así que mientras caminaba con el periódico doblado debajo de mi brazo derecho, ví, atrapada en una roca, la pecera de cristal que, a su vez, atrapaba al pez naranja que, a su vez y de manera obvia, no podia avanzar. Yo, contrariando a Martin Luther King, no defendí los derechos de aquel pobre pez de color, ni hice nada por él.


Me acordé de Luther King porqué, justamente, aquel dia no salia en el periódico. De hecho, no salia nunca en un periódico. Por eso es tan sorprendente que me acordara de él. La última noticia que ví de él fué hace poco mas de un año, rememorando el 40 aniversario de la muerte de uno de los defensores de los derechos civiles más prestigiosos y presagiados de todos los tiempos. Nada de lo que hizo fué en vano y nadie lo hizo por él.


Segui caminando y llegué hasta el final del río, donde pude oler, una a una, las olas del mar.

Si, es así de curiosa la geografia: al principio de un río, la montaña. Al final de un río, el mar.


Allí anduve un rato y al rato, estuve sentado. Estava cansado de ir andando. Estuve estirado y al rato, anduve durmiendo. Dormido a un lado del rio y, abajo, corría enfurecido el mar.


Al amanecer, ya estava en casa (obviamente) pero lo que me sucedió pasó antes de que saliera el sol.


Tenia los ojos cerrados, la piel fria y el pelo ondulándose al viento, a medida que las olas se hacian cada vez más grandes, la espuma mas fuerte y el agua más fria. Noté algo pegado en la cara. Abrí los ojos, tapado por lo que creía una manta, y me incorporé. Estuve a tiempo de quitarme aquello de la cara y examinarlo cuidadosamente. Era un trozo de papel blanco, de aquellos que malgasta la gente para escribir notas, de aquellos que utiliza la gente para hacer dibujos o estudiar. A un lado, en blanco. Al otro, tres frases escritas a bolígrafo:


“un cuchillo corta,

una daga clava,

un papel te puede destrozar aún más”.


Debajo, yacía otra frase tachada con toda intención e intensidad posibles. Aquella última frase ilegible en apariencia y contenido, fuera, posiblemente, el motivo por el cual un trozo de papel te destroza. Un “ya no te quiero”, “me voy”, “estás despedido”, o cualquier otro motivo, eran suficientes para echar a correr río arriba desde la playa hasta el fin del mundo. El significado de aquella última frase fué escondido para siempre. Al menos yo, nunca lo supe.


Deberian ser más de las seis y debia volver a casa. Hice el camino inversamente contrario al anterior; Subí al lado del rio con la muralla, silenciosa, a mi derecha. A los diez minutos de camino me acordé de algo que habia olvidado: el periódico. Ahora, Neil Armstrong, caminaba con toda gravedad por la arena de la playa, acompañado de algún lector (supongo que periódico) de diarios.

En el mismo momento que recordé aquello observé, perplejo, la pecera. En el mismo sitio que antes, atrapada en la misma roca y en la misma posición, estava, sin avanzar, la pecera vacía. El agua se habia evaporado y el pez habia desaparecido como por arte de magia. Sin pensarmelo dos veces (pensándomelo una vez detenidamente tuve suficiente) me acerqué al rio y metí, comprobando a ralentí la temperatura del agua, el pié izquierdo. Noté frio, aunque pensé que debia entrar. Entré friamente y, al llegar al lado de la pecera, la cojí. La ayuda de mi mano le fué sufiente a la pobre pecera para desencallarse de aquel rio. Salí del rio utilizando la mitad de tiempo que habia invertido en entrar. Ya empezaba a no sentirme los pies. Una vez fuera del agua vi, dentro de la pecera, un papelito cuidadosamente doblado.


Dejé la pecera en el suelo y abrí el papel.


Tengo nueve años y como muchas otras cosas, hay cosas que no entiendo. Iba caminando por el rio esta tarde y he visto, dentro de esta pecera, un pez naranja. No entiendo como alguien puede dejar un pez dentro de una pecera y una pecera dentro de un rio. ¿No se supone que el pez tendria que estar dentro del rio? Nunca me han gustado las peceras. Son pequeñas. He intentado quitarla del medio del rio, pero no he podido moverla, estaba atascada entre las rocas. Espero que alguien quite la pecera de aqui. Le voy a preguntar a mi madre si me puedo quedar el pez y tenerlo en la piscina, asi tendrá sitio de sobras para nadar. Si no, lo devolveré al rio. Clara.


Sonreí y cojí la pecera. Llegué a casa a las diete, antes de que se hiciera de noche y, nada más entrar por la puerta coloqué la pecera encima de la mesa del escritorio, dejando dentro las monedas que tenia en el bolsillo.


En ese preciso momento pasó por delante de mi ventana una niña con coletas, quejándose a su madre:

– Joooo, mamá! ¿Porqué no puedo quedármelo? Tenemos sitio!

– Ya te he dicho que no. No lo podemos tener en la piscina!

– Pero mamá…

– En el rio estará mejor, Clara. Déjalo allí. Si tú no lo haces, nadie lo va a hacer por tí.


Dos coletas dando saltos se alejaron llorosos calle abajo, sujetando una bolsa de plástico llena de agua y un pez dando saltos y mareado dentro de ella.


A los quince minutos, Clara volvió a subir la calle junto a su madre, quien llevaba la bolsa de plástico vacia.


A la mañana siguiente, la noticia de la desaparición de una pecera se expandió hasta el otro lado de las murallas. El domador de peces de la región estaba buscando desesperadamente la pecera con su pez para poder demostar que un pez naranja puede saltar desde dentro de la pecera para salir al rio.

El domador de peces nunca pudo demostrarlo y nunca, nadie, lo hizo por él.


– Es lo que pasa si uno le quita una pecera a otro -vaticinó un abuelo del pueblo-. Uno pierdre, inevitablemente, la pecera. El otro gana, la pecera y la constante preocupación de esconder, junto a ella, el pez indefinidamente.


Por eso inmediatamente, decidí salir del pueblo a media noche y dejar, en su sitio, la pecera junto algo de dinero para que el pobre hombre se comprara otro pez naranja.


Nada más salir el sol, triste y desolado, el domador de peces deambulaba por el pueblo, recorriendo una y otra vez el rio con alguna esperanza. De repente saltó hacia el rio al ver la pecera y se agarró a ella en el menor tiempo posible. Observó curioso las monedas que habia dentro y, con minuciosidad, observó el papel que habia dentro y leyó:


– No le des a un maestro zen un pergamino, puede que te lo haga pedazos. Únicamente, quédatelo para ti.


El domador de peces, volvió a comprarse un pez de color naranja, pero no pudo demostrar nunca que aquel pez pudiera saltar.


Y yo, os preguntareis, qué tengo que ver en toda esta história. Pues que, os guste o no, yo he escrito esta historia (inacabada, si). Y nadie lo hubiera hecho por mi.