Páginas impares

Pagina 3. Inicio. “Nunca se supo quien era”


No le llamaban Ismael aunque ése fuera su nombre. Llamadme Isma, dijo un día a sus amigos. Desde entonces Ismael y Isma fueron la misma persona, aunque uno de ellos murió para siempre. Isma, él, era un hombre de mediana edad ni corto ni perezoso, más bien simpático, sin pelos en la lengua aunque con algún que otro pelo en la barba. Siempre viajaba en tren de un sitio a otro fuera donde fuese. Se podría considerar un hombre occidentalmente educado e orientalmente ignorante, con un trabajo de camisa planchada, bolígrafo Montblanc y cartera de piel. He de confesar que al principio no me cayó muy bien, pero luego a medida que lo fui conociendo no me pareció tan mal tipo.


Pagina 25 “Entonces justo cuando el señor Dog salía por la puerta…” Sonó el móvil.


– Si?

– …

– Ah! Hola, Carmen, si, soy Isma. Qué tal? Lo tengo todo preparado.

– …

– He quedado con el cliente dentro de 20 minutos, estoy en el tren. Nos vemos ahora.

– …

– Si, de acuerdo.

– …

– Chao.



Pagina 45 “En ese momento, la señora Frog murió, de repente, como por arte de magia, y se desvaneció”.


Isma no tenia buen aspecto. Quizá le impactó la llamada de la señora Frog o quizás tenía la horrible sensación que había perdido la oportunidad de tirar su empresa adelante, después de haber presentado, en aquella reunión, su fracasado proyecto. Isma tenia la corbata holgada, la camisa arrugada y la moral por los suelos. Parecía distraído, absorto en sus pensamientos. Daba la sensación como si no supiera donde focalizar su atención. Casi ni me miraba y las dos veces que lo llamaron al móvil ni lo cogió.


Pagina 103 “…pero el viejo Pig se acercaba todas las semanas al cementerio a llevarle unos lirios blancos a la señora Frog”.


La luz era tenue cuando Isma se giró y apartó los ojos de mí para fijarse en Cécile. Isma no llevaba corbata, vestía con una camiseta negra de su equipo de béisbol favorito, unos calzoncillos verdes y unos calcetines a rayas. Cécile le quitó los calcetines pícaramente diciendo que los odiaba y le dio un único y largísimo beso. Se susurraron versos, besos y palíndromos: Neruda, un tornillo y amor. Unos ojos azules que desconocía sonrieron a Isma, mientras una suave manta de color rojo les arropaba sedosamente en la noche. Todo se movió durante unas largas horas, incluso la mesita de noche.


Pagina 157 “Cuando el viejo Pig murió, alguien le siguió llevando lirios durante todas las semanas. Nunca se supo quien era”. Final.




Isma me miró.

Me hizo un último repaso de izquierda a derecha, sonrió y se quitó las gafas.

Luego, un punto final.

Me cerró suavemente y me dejó en la estantería al lado del último libro que se había leído.


Años mas tarde, una niña de pelo castaño me cogió entre sus manos y entusiasmada empezó a leer sentada en el sofá. Nunca se supo quien era.

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