HISTORIAS PARA NO OLVIDAR

El otro día, no me acuerdo cuando, pensé en algo, no recuerdo qué y, finalmente, me olvidé.


Andaba por el camino de arena que llevaba a mi casa, tranquilo, en acorde con mis recuerdos y con las manos metidas en los bolsillos de mis pantalones de pana marrón cuando de pronto, oí algún ruido sordo, algo que caía detrás mío con gran estruendo. Me giré lo más rápido que puede y me estremecí al ver que allí detrás no había nada.


Sonreí al aire, saqué las manos de los bolsillos y noté como el suave aire me resbalaba por los dedos pasando a la justa velocidad como para acariciarme suavemente las yemas de los dedos, lamerme las orejas y acariciarme el pelo. Paso tras paso, pisando suave, intentando levantar el menor polvo marrón del camino para no ahogarme llegué al banco azul del mirador.

Tantas veces había estado yo allí; tantas noches había pasado con mis amigos bebiendo tequila y vino hasta ver desaparecer las estrellas. Cualesquiera que fueran las imágenes que me venían a la cabeza me producían una sensación de calidez y “buen rollo”. Noches tranquilas escuchando romper las olas del mar, allí, abajo, imaginando como la luna buceaba durante horas entre litros y litros de agua salada sin, ni siquiera, necesitar aire. Algunas otras noches rotas, de lunas llenas y menguantes, con intimidantes escenas de cama improvisadas sobre aquel banco azul en pleno invierno. Pasaron unas cuantas horas hasta que me levanté de allí y cogí mi bici (que la noche anterior había dejado allí) y volví hacia casa. Vi que las llaves estaban encima del banco, reposando tranquilas, entre madera y madera, mientras el llavero (una foto de un chico de cabellos rojizos) se intentaba escurrir por el agujero para llegar, con la ayuda de la gravedad, hasta al suelo. Y luego, nada. Por suerte fui lo bastante hábil como para coger las llaves a tiempo y evitar que cayeran al suelo. De hecho nunca caían al suelo. Siempre, las llevara dónde las llevara, las encontraba. Era como la bici. Siempre iba conmigo.


De vuelta a mi casa decidí pasar por casa de la muchacha de hojalata. Si, así la llamaban algunos del pueblo. Era una chica dulce, alta, de pelo suave. Los días pares se recogía el pelo con dos coletas. Los impares, no me acuerdo. Uno de esos días impares, no se si el once o el trece de un mes de abril me senté con ella en el banco durante una media hora que duró algo más: treinta y dos minutos exactos. a partir de aquella noche, oí su voz cada noche en mi cama, susurrándome algo al oído que yo nunca llegué a comprender. Era, decía ella, como consultar algo con la almohada, pero sabiendo que, incondicionalmente, yo le diría que si. No había nada que consultar.


Después de saludar a la muchacha de hojalata con la yema de los dedos, me deseó buenas noches. Instantes después, me metí en la cama sin apagar la luz y, abrazándome a la almohada, deseé despertarme al día siguiente, sin reparar en el ruido que oí al lado de mi cama. En ese momento recordé lo que había olvidado: no sabía dónde había dejado mi diario. cada noche me desaparecía de la mesilla.


* * *


12 de abril de 2010.


Hoy mi abuelo ha vuelto a olvidarlo. Ya se que me dijo el doctor que escribiera todo lo que mi abuelo hace o recuerda, pero todo sigue igual que ayer. Esta mañana se levantado a las siete y media, ha desayunado su taza de café (siempre con dos cucharadas de azúcar) y ha salido, a las nueve y media a pasear. Ha empezado a decir que se olvidaba algo, que no recordaba que tenia que hacer y yo, como cada mañana, le he dado el reloj. Me ha sonreído, me ha dicho “gracias” y, acariciándome mi pelo rojizo se ha dado media vuelta y ha salido a dar su paseo matutino. A medio camino se le han caído las llaves al suelo y yo, que iba detrás en mi bici, las he cogido al pasar. Se ha dado media vuelta pero parecía no reconocerme. ni siquiera parecía verme cuando le hablaba. A veces le pasa esto a mi abuelo, creo que cada vez más. Después hemos llegado al banco. es un banco verde, sucio y viejo, pero él insiste en decir que es azul. Yo no le contradigo. Hoy me ha explicado que de joven se reunía allí con sus viejos amigos (los que ya no están) a beber no se qué bebida con alcohol que toman los mayores. Parecía feliz cuando me contaba eso. Ha estado hablando durante horas y horas hasta que de pronto se ha callado y, mirando a la bici, como si no la hubiera visto nunca, se ha levantado rápido y ha decidido seguir caminando. Como cada mañana ha ido a la casa del lago, pero a él el lago no le gusta nada, por eso es como si no existiera para él. Con lo bonito que es… Se ha sentado en la escalera de madera de entrada a la vieja casa. Sentado, se mete la mano en los bolsillos y saca su radio portátil para escuchar su programa favorito. “Ay, mi queridísima muchacha de hojalata”, que haría yo sin ti”. Así mi abuelo, sonriendo y oyendo a la presentadora, ha pasado la tarde con su, como dice él, su muchacha de hojalata. Después me ha empezado a contar que una vez imaginó escenas de sexo con la chica de hojalata y otras prácticas que no quise escuchar hasta que la presentadora deseara buenas noches a los oyentes incondicionales (como mi abuelo) dando por acabado el programa.


Se levanta, cansado y se va a dormir la siesta sin comer (ya que no tenia hambre). Al entrar a su habitación, como estaba oscura, ha tropezado y ha tirado el diccionario al suelo. Mi abuelo no se ha girado. imagino que no se ha dado cuenta de ello. Se estira y antes de apagarle la luz de la mesilla, cojo el diario para escribir al doctor la mañana de hoy de mi abuelo. “He vuelto a perder mi diario. Juré que lo había dejado en la mesilla”, dice él en voz alta. “Lo tengo yo, abuelo”. Él parecía no oírme.


Apago la luz no sin antes recoger el diccionario del suelo, abierto por la página 245 por la palabra “psicopedagogía”, una palabra como otra cualquiera.

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