No le des a un maestro zen un pergamino.

Hace algún tiempo, no podria especificarlo con exactitud, llegué a una ciudad lo suficientemente pequeña cómo para vertir una pecera llena de agua sobre un rio y lo suficientemente grande cómo para, también, tirar la pecera. Es sabido por todos que si la ciudad no hubiera sido tan grande, la pecera de vidrio no hubiera cabido en la ciudad y, por consiguiente, se hubiese salido del borde del rio (fuera cual fuese éste). Agua, pez, pecera y rio cabian perfectamente.


Lo primero que hice al llegar a la ciudad de tamaño considerable fué comprarme el periódico. En aquel libreto tamaño Din-A 2, de color enmohecido y sin grapar residia un titular que dictaba:


“El veinte de julio de 1969, hace hoy 40 años, Neil Armstrong pisó la luna, dando pequeños pasos para el hombre”.


Al final de la noticia, la cual leí en diagonal, me percaté de la suerte que tenía ese señor por haber estado saltando en la luna. Pensé tembién en la gravedad de la situación (nunca mejor dicho) si éste no hubiera podido volver. El caso es que lo hizo y nadie lo hizo por él.


Seguí caminando sendero abajo, paralelamente a la muralla de la ciudad. Ésta a mi izquierda, envolvía suavemente la ciudad, con sus ancianas piedras y silenciando el paso del tiempo. Si esas piedras hablaran, yo podria callar para siempre, pensé. Así que mientras caminaba con el periódico doblado debajo de mi brazo derecho, ví, atrapada en una roca, la pecera de cristal que, a su vez, atrapaba al pez naranja que, a su vez y de manera obvia, no podia avanzar. Yo, contrariando a Martin Luther King, no defendí los derechos de aquel pobre pez de color, ni hice nada por él.


Me acordé de Luther King porqué, justamente, aquel dia no salia en el periódico. De hecho, no salia nunca en un periódico. Por eso es tan sorprendente que me acordara de él. La última noticia que ví de él fué hace poco mas de un año, rememorando el 40 aniversario de la muerte de uno de los defensores de los derechos civiles más prestigiosos y presagiados de todos los tiempos. Nada de lo que hizo fué en vano y nadie lo hizo por él.


Segui caminando y llegué hasta el final del río, donde pude oler, una a una, las olas del mar.

Si, es así de curiosa la geografia: al principio de un río, la montaña. Al final de un río, el mar.


Allí anduve un rato y al rato, estuve sentado. Estava cansado de ir andando. Estuve estirado y al rato, anduve durmiendo. Dormido a un lado del rio y, abajo, corría enfurecido el mar.


Al amanecer, ya estava en casa (obviamente) pero lo que me sucedió pasó antes de que saliera el sol.


Tenia los ojos cerrados, la piel fria y el pelo ondulándose al viento, a medida que las olas se hacian cada vez más grandes, la espuma mas fuerte y el agua más fria. Noté algo pegado en la cara. Abrí los ojos, tapado por lo que creía una manta, y me incorporé. Estuve a tiempo de quitarme aquello de la cara y examinarlo cuidadosamente. Era un trozo de papel blanco, de aquellos que malgasta la gente para escribir notas, de aquellos que utiliza la gente para hacer dibujos o estudiar. A un lado, en blanco. Al otro, tres frases escritas a bolígrafo:


“un cuchillo corta,

una daga clava,

un papel te puede destrozar aún más”.


Debajo, yacía otra frase tachada con toda intención e intensidad posibles. Aquella última frase ilegible en apariencia y contenido, fuera, posiblemente, el motivo por el cual un trozo de papel te destroza. Un “ya no te quiero”, “me voy”, “estás despedido”, o cualquier otro motivo, eran suficientes para echar a correr río arriba desde la playa hasta el fin del mundo. El significado de aquella última frase fué escondido para siempre. Al menos yo, nunca lo supe.


Deberian ser más de las seis y debia volver a casa. Hice el camino inversamente contrario al anterior; Subí al lado del rio con la muralla, silenciosa, a mi derecha. A los diez minutos de camino me acordé de algo que habia olvidado: el periódico. Ahora, Neil Armstrong, caminaba con toda gravedad por la arena de la playa, acompañado de algún lector (supongo que periódico) de diarios.

En el mismo momento que recordé aquello observé, perplejo, la pecera. En el mismo sitio que antes, atrapada en la misma roca y en la misma posición, estava, sin avanzar, la pecera vacía. El agua se habia evaporado y el pez habia desaparecido como por arte de magia. Sin pensarmelo dos veces (pensándomelo una vez detenidamente tuve suficiente) me acerqué al rio y metí, comprobando a ralentí la temperatura del agua, el pié izquierdo. Noté frio, aunque pensé que debia entrar. Entré friamente y, al llegar al lado de la pecera, la cojí. La ayuda de mi mano le fué sufiente a la pobre pecera para desencallarse de aquel rio. Salí del rio utilizando la mitad de tiempo que habia invertido en entrar. Ya empezaba a no sentirme los pies. Una vez fuera del agua vi, dentro de la pecera, un papelito cuidadosamente doblado.


Dejé la pecera en el suelo y abrí el papel.


Tengo nueve años y como muchas otras cosas, hay cosas que no entiendo. Iba caminando por el rio esta tarde y he visto, dentro de esta pecera, un pez naranja. No entiendo como alguien puede dejar un pez dentro de una pecera y una pecera dentro de un rio. ¿No se supone que el pez tendria que estar dentro del rio? Nunca me han gustado las peceras. Son pequeñas. He intentado quitarla del medio del rio, pero no he podido moverla, estaba atascada entre las rocas. Espero que alguien quite la pecera de aqui. Le voy a preguntar a mi madre si me puedo quedar el pez y tenerlo en la piscina, asi tendrá sitio de sobras para nadar. Si no, lo devolveré al rio. Clara.


Sonreí y cojí la pecera. Llegué a casa a las diete, antes de que se hiciera de noche y, nada más entrar por la puerta coloqué la pecera encima de la mesa del escritorio, dejando dentro las monedas que tenia en el bolsillo.


En ese preciso momento pasó por delante de mi ventana una niña con coletas, quejándose a su madre:

– Joooo, mamá! ¿Porqué no puedo quedármelo? Tenemos sitio!

– Ya te he dicho que no. No lo podemos tener en la piscina!

– Pero mamá…

– En el rio estará mejor, Clara. Déjalo allí. Si tú no lo haces, nadie lo va a hacer por tí.


Dos coletas dando saltos se alejaron llorosos calle abajo, sujetando una bolsa de plástico llena de agua y un pez dando saltos y mareado dentro de ella.


A los quince minutos, Clara volvió a subir la calle junto a su madre, quien llevaba la bolsa de plástico vacia.


A la mañana siguiente, la noticia de la desaparición de una pecera se expandió hasta el otro lado de las murallas. El domador de peces de la región estaba buscando desesperadamente la pecera con su pez para poder demostar que un pez naranja puede saltar desde dentro de la pecera para salir al rio.

El domador de peces nunca pudo demostrarlo y nunca, nadie, lo hizo por él.


– Es lo que pasa si uno le quita una pecera a otro -vaticinó un abuelo del pueblo-. Uno pierdre, inevitablemente, la pecera. El otro gana, la pecera y la constante preocupación de esconder, junto a ella, el pez indefinidamente.


Por eso inmediatamente, decidí salir del pueblo a media noche y dejar, en su sitio, la pecera junto algo de dinero para que el pobre hombre se comprara otro pez naranja.


Nada más salir el sol, triste y desolado, el domador de peces deambulaba por el pueblo, recorriendo una y otra vez el rio con alguna esperanza. De repente saltó hacia el rio al ver la pecera y se agarró a ella en el menor tiempo posible. Observó curioso las monedas que habia dentro y, con minuciosidad, observó el papel que habia dentro y leyó:


– No le des a un maestro zen un pergamino, puede que te lo haga pedazos. Únicamente, quédatelo para ti.


El domador de peces, volvió a comprarse un pez de color naranja, pero no pudo demostrar nunca que aquel pez pudiera saltar.


Y yo, os preguntareis, qué tengo que ver en toda esta história. Pues que, os guste o no, yo he escrito esta historia (inacabada, si). Y nadie lo hubiera hecho por mi.

 

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